EL CACHARRO, por Luis Felipe Vivanco

 

Mis dedos son mi oficio de límites sensuales,

caricias corporales que apuran su instintiva

palpitación de forma, desenlace viviente

que expresa la aventura del fuego y de la tierra.


Las yemas de mis dedos presiente el peligro

sutil de la materia que se convierte en trémulo

color donde la sangre victoriosa es la dicha

del hombre que domina su emoción más profunda.


Ni el fallo más pequeño sorprende mi entusiasmo

porque la imperfección es la ley de la existencia

de mis criaturas únicas, herméticas al tino

que ahonda hacia el misterio su alada superficie.


Mi humildad al acecho me hace tan egoísta,

pero asomado al éxtasis de este nivel celeste

que revela en su esmalte sus visiones secretas,

quiero que mis cerámicas sigan siendo cacharros.


Hay cacharros que cuentan y cacharros que cantan.

Los que cuentan se alejan de su origen y añaden

peripecias inútiles. Los que cantan desnudos

permanecen cantando confidentes y alerta.


Superior a tí mismo y entrañando en su activa

propensión de poema, tu cacharro nos mide

con presencia exaltada, jugosa como un fruto,

y elemental nos ciñe con plenitud de isla.


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